El director de arte se levantó de la mesa y recogió los bocetos a regañadientes. Las largas horas de trabajo no habían dado el resultado esperado, a juzgar por la frialdad en el ambiente.
¿Nos parece demasiado infantil para la firma� ¿ habían coincidido los directivos asistentes � ¿ buscamos algo más agresivo, más Nike�.
Adrián estaba acostumbrado a esa clase de reacción. No era la primera, ni sería la última. Su trabajo, al fin y al cabo, consistía en eso: colaborar con el cliente hasta encontrar el mensaje y la estética perfecta. En este caso concreto, era la última lo que había fallado. Al parecer, aquellos ositos multicolores que tanto habían cautivado al equipo creativo de la agencia estaban condenados a descansar para siempre en el cajón de los ¿no pudo ser�.
Al salir del edificio y comenzar a bajar la cuesta de la calle, Adrián se preguntó hasta qué� punto había sido buena idea fijar la reunión la tarde de Nochebuena. ¿Cómo podía haberse alargado tanto el asunto? Su estómago le respondió, rugiendo.
El frío estaba comenzando a ser cortante y el viento zarandeaba su enorme carpeta, llena de diseños desestimados. Ya era prácticamente de noche, y en la calle apenas quedaba nadie. Unos pocos despistados se apresuraban a llegar a casa y calentarse el cuerpo con la cena.
Adrián siguió bajando por la acera, iluminada por las luces anaranjadas, altas sobre su cabeza. Estaba pensando en la cantidad de energía que haría falta para conseguir tal cantidad de luz cuando, a unos pocos metros, distinguió una silueta, apoyada en un semáforo: un niño, no mayor de seis años. En su mano, pálida por el frío, un manojo de periódicos, de esos que no compra nadie. Seis tristes páginas llenas de nada. Papel sin dueño y sin un futuro claro.
Adrián se detuvo junto al paso de cebra y pulsó el gran botón rojo. Le extrañó que el chaval ni siquiera hiciese el amago de ofrecerle un periódico. Supuso que, a aquellas horas, no le quedaban ya ni ganas ni esperanza. Estaba pensando en ello cuando, por un instante, sus miradas se encontraron. Y aunque al principio resultó embarazoso, luego ese segundo pareció alargarse y en la cabeza de Adrián todo comenzó a tener sentido. Los ositos multicolores, la reunión, el retraso�
No dudó un segundo. Apoyó la carpeta en el suelo, la abrió y sacó los bocetos, con cuidado de que no se volaran. El niño se sorprendió al ver a aquel extraño ofreciéndole un puñado de papeles, pero los cogió de todos modos. Y tras apoyar el paquete de periódicos en el semáforo, comenzó a echarles un vistazo. Uno a uno, los bocetos pasaron por las manos del niño. Del primero, al último. Y entonces�
Una sonrisa. Una mirada agradecida. Una chispa de ilusión.
El semáforo se puso en verde. Adrián le devolvió al niño la sonrisa, cerró la carpeta y cruzó la calle, feliz. Las largas horas de trabajo habían valido la pena. Una vez más, había encontrado el mensaje adecuado y la estética perfecta.